EL SENTIMIENTO DE SENTIRSE SOLO

La evolución del ser humano le ha impulsado a vivir y trabajar en sociedad y por tanto la mayoría de las personas prefieren la compañía a la soledad, pero en medio de la globalización, las nuevas estructuras familiares y sociales y de algún modo las redes sociales, conducen a un hogar unipersonal y al aislamiento.

El sentimiento de sentirse solo no tiene por qué siempre ser negativo, pues hay personas que lo encaran como una oportunidad de autorreflexión e incluso de aislamiento voluntario; incluso hay momentos en que se busca activamente la soledad.

En España, en 2016 había 4,6 millones de personas viviendo solas, y de ellas casi dos millones tenían 65 o más años. La tendencia descendente en el número de personas casadas y del número de hijos, junto con el envejecimiento de la población, reduce las posibilidades de ayuda familiar en la tercera edad.

No es extraño leer en la prensa sobre personas que aparecen muertas en sus hogares, sin que nadie descubra su cuerpo durante semanas. La mayoría son ancianos abandonados, con parientes alejados o fallecidos, y también personas algo más jóvenes que, tras perder su trabajo y romper sus lazos familiares, van degenerando hasta morir.

Hay muchos factores que inciden en la soledad, como es la baja autoestima, sentirse incomprendido o una falta de vínculo emocional producido por un divorcio o la muerte de un allegado. La soledad no tiene nada que ver con la edad, con la raza o con el aislamiento social. La soledad es un sentimiento con raíces complejas. Aunque afecta más a los ancianos, como consecuencia de enfermedades, pérdidas de amigos, familiares y de contactos laborales, y dispersión de los hijos, también hay niños y jóvenes solitarios, No todos los que viven solos se sienten solos, ni todos los que viven en compañía se sienten acompañados. En los últimos años se han ido debilitando las redes de apoyo de tipo no familiar, como es el caso de las menores tasas de voluntariado, que suplían la ausencia de los parientes.

El impacto del aislamiento aumenta en un 30 por ciento el riesgo de muerte temprana., un efecto  igual o mayor que otros factores de riesgo bien conocidos como la obesidad, el tabaco o una situación socioeconómica baja. Este efecto perjudicial es algo más pronunciado en hombres que en mujeres. Por el contrario, una mayor sociabilidad se considera crucial para el bienestar y la supervivencia, reduciendo a la mitad el riesgo de muerte prematura.

La faceta negativa no es la soledad, sino el sentimiento subjetivo de aislamiento. La gente mayor que vive sola, no necesariamente se deteriora si mantiene lazos sociales y disfruta de ellos, aunque factores como la pérdida de la vista y oído agudizan ese abandono del trato social.

Y además, cuando uno se vuelca más en sí mismo, corre el riesgo de quedarse aislado socialmente, algo que se está potenciando con  las redes sociales, que sustituyen las verdaderas relaciones personales por las virtuales, incrementando así el aislamiento.

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